Severa represión en los bajos del Congreso Nacional

Publicado en por Honduras en Resistencia

MIERCOLES, 12 DE AGOSTO

 

Los acontecimientos del día de ayer que desembocaron en la quema de un bus y de un local de comida rápida, (atribuido erróneamente a la Resistencia), presagiaban que este día tenía que haber venganza...

 

Después de una jornada agotadora nos dirigíamos hacia el centro de la capital, entre cantos, consignas, arengas y pláticas relacionadas con la gesta heroica del pueblo hondureño.  Sin embargo, nos esperaban las hordas rabiosas del aparato represivo estatal.  Todo sucedió tan de repente que algunas de las escenas más dantescas no las pudimos ver.  Yo me encontraba entre los primeros que llegaron hasta la calle del Congreso; sí pude observar como con el más imprudente desplante el Sr. Ramón Velásquez Násar, Vicepresidente de este órgano golpista, caminaba con desdén hacia el banco Central y de inmediato un grupo de enfurecidos jóvenes la arremetió contra él.  Intenté acercarme a la reyerta para proteger al susodicho, pero en ese preciso momento miré venir a los detestables uniformados con toletes, bombas lacrimógenas y armas. 

 

Ya sea por la agilidad de los pies, o porque éramos muchos, no alcanzaron a golpearnos a todos.  Los que quedaron rezagados fueron víctimas de un brutal y despiadado ataque que ni siquiera se dio en la etapa más cruda de los años 80.   Golpearon a todo el que se encontraba a su paso; se ensañaron hasta con las pobres mujeres a quienes golpearon en sus rostros, manos y pies.    Como si fueran ganados en mal estado, cargaban con sus presas, arrastrándolas, ante la vista inerme de la estatua del indio Lempira. 

 

NO PUDIERON HACER NADA. 


¿Y COMO PODIA NUESTRO PUEBLO DEFENDERSE FRENTE A UNA JAURIA ASESINA Y DESPIADADA?

Desde largo pudimos ver como golpeaban a la gente, mientras lloraban nuestros ojos, no sólo por el dolor y la impotencia, sino también por el efecto de las bombas lacrimógenas. 

Mientras corría por el parque Central, veía como personas enmascaradas, la mayoría de ellos jóvenes, y que nunca había visto en las marchas de la dignidad, tomaban piedras (no sé de dónde), para quebrar vidrios de los centros comerciales y venta de comidas rápidas de la peatonal.

Las voces enardecidas de los que huíamos, se dejaban escuchar como cantos sin armonía:


¡NO NOS RENDIREMOS!!!

 

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